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El día que mi mamá se fue (y empecé de verdad)

Cuatro meses juntas. El parto, navidad, aprender a ser mamá al lado de la mía. Y el 9 de enero, su vuelo salió. Ahí empecé de verdad.

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Hija abrazando a su mamá en el aeropuerto, sosteniendo a su bebé, una despedida cargada de amor

El 12 de septiembre mi mamá llegó a Canadá. Yo todavía estaba embarazada.

Y los últimos días de ese embarazo los viví como siempre había querido: caminando con ella, comiendo rico, preparando la ropa de la bebé, haciendo esas cosas que se hacen despacio cuando sabes que el tiempo es limitado y lo cuidas porque sí.

Baby I. llegó el 23 de septiembre. Once días después de que mi mamá aterrizó.

Aprender a ser mamá al lado de la mía

Hay algo que nadie te dice sobre tener a tu mamá contigo cuando nace tu bebé: que aprenderlo juntas cambia todo.

No solo los primeros días con la bebé. Los primeros días míos. Esa versión nueva de mí que no sabía nada y tenía miedo de todo y a veces lloraba sin razón clara. Tenerla ahí, en ese proceso, fue el regalo más grande de ese año.

Pasamos navidad juntas. Año nuevo juntas.

Dos años habíamos pasado sin compartir esas fechas — ella en Colombia, yo en Canadá — y de repente estábamos las tres: mi mamá, yo, y una bebé de tres meses que todavía no entendía nada pero que era el centro de todo junto con mi esposo.

No hicimos nada espectacular. Pero estar juntos era todo.

El 9 de enero

Su vuelo era ese día.

Estuvimos juntas hasta el final. Compartimos. Nos abrazamos. Almorzamos. Tomamos café. Nos dijimos cuánto nos amábamos. Ese tipo de día que uno quisiera que no terminara nunca pero que igual termina.

A las 7:20 de la noche arrancamos todos al aeropuerto.

Mi mamá iba sentada al lado de la bebé en el carro. Y Baby I. — que no habla, que no entiende el calendario, que no sabe lo que es un vuelo ni una despedida — le tomó la mano. Y no la soltó en todo el camino.

Como si supiera.

El aeropuerto

Llegamos. Llegó la hora de despedirnos.

Mi mamá estaba dejando a su bebé. Y a la bebé de su bebé. Eso es un dolor doble que no sé cómo se describe.

Cargó a Baby I. La alzó. Le dijo cosas hermosas que no voy a repetir porque eran solo para ella. Le dio todo el amor que cabe en un aeropuerto y en cuatro meses y en una vida entera de querer bien.

Y me la entregó.

Se la pasé a mi esposo. Y yo la abracé a ella.

Con fuerza. Intentando no llorar. Intentando que no se diera cuenta de que la necesitaba. De que no estaba lista para dejarla ir. De que quería decirle quédate aunque sabía perfectamente que era hora.

Era hora.

Desde ese día

Al día siguiente me levanté sola con la bebé. Mi esposo trabaja. Y la rutina nueva era esa: yo y Baby I., todo el día, sola.

Pasé de tenerla a ella todos los días — pelearnos, amarnos, comer juntas, entender a la bebé juntas, reírnos cuando Baby I. hacía algo gracioso — a tener solo el recuerdo de todo eso.

No es que no la tenga. Me escribe. Me llama. Hablamos todos los días. Está.

Pero está al otro lado de un vuelo de casi siete horas. Y cuando Baby I. hace algo por primera vez y yo quiero compartirlo, lo comparto por video. Y eso es distinto. No es malo. Pero es distinto.

Lo que nadie te dice de la maternidad migrante

No es que estés sola desde el principio. A veces tienes ayuda, tienes a tu mamá, tienes esa red que lograste armar en otro país.

El golpe no es la ausencia constante.

El golpe es la despedida.

Es saber que en algún momento — cuando el parto, cuando la navidad, cuando lo que sea — esa persona que más quieres en el mundo va a tener que irse. Y tú vas a tener que seguir. Y lo vas a poder hacer. Pero ese día en el aeropuerto, en ese momento, no te va a parecer posible.

E igual vas a poder.

Pronto la voy a ver. Lo sé.

Pero no deja de ser duro despedirse otra vez.


¿Tú también tuviste que decirle adiós a alguien importante después de que llegó tu bebé? Cuéntame en los comentarios.

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