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Lactancia materna: lloramos todos

Tenía una cirugía de senos que nadie mencionó. Un pezón que nadie me dijo que debía preparar. Y una enfermera que me regañó por no saber. Mi historia real.

10 min de lectura
Mamá amamantando a su bebé con una lágrima en la mejilla y una sonrisa cansada

Nadie me dijo que iba a ser así.

Ni los libros. Ni los cursos. Ni las apps de embarazo con sus ilustraciones bonitas. Nadie.

Y yo llegué al hospital pensando que lactar era algo que simplemente… pasaba. Como respirar. Como algo que el cuerpo sabe hacer solo.

Spoiler: no.

Lo que nadie sabe de mi cirugía

Hace casi diez años me hice un aumento de senos. Tenía veintitantos, sabía que algún día iba a querer ser mamá, y se lo dije claramente al médico: quiero poder lactar. Que la cirugía lo contemple.

Y así lo hizo. Implante detrás del músculo, de la manera correcta.

Pero nadie — ni ese médico, ni ningún otro en los nueve meses de embarazo — me dijo que incluso así, incluso con una cirugía bien planeada, la lactancia podía ser difícil. Que cuando el implante va detrás del músculo se pueden cortar conductos de leche. Que eso puede afectar la producción. Que el historial quirúrgico importaba y que yo debía saberlo antes de tener a mi hija en brazos.

Me enteré en el hospital. De la peor manera.

Y en ese momento me caí encima entera.

Me sentí la peor mamá. Por haberme operado. Por haber pensado en mi físico antes de pensar en mi futura bebé. Por haber priorizado algo “superficial”. Me destruí sola, sin que nadie tuviera que decirme nada.

Nadie tuvo que hacerlo. Yo sola me lo hice.

Y necesito decirte algo sobre eso antes de seguir: tomar decisiones sobre tu propio cuerpo, a los veintitantos, no es un error que tienes que pagar con culpa a las 3am. Una cirugía que elegiste libremente, en otra etapa de tu vida, no define qué tan buena mamá eres.

Pero el postparto no sabe de eso. Te cobra todo, con intereses.

La primera noche en el hospital

Apenas nos pasaron a la habitación — Baby I. recién nacida, yo destruida despues de 58 horas totales de parto, las dos agotadas — una enfermera entró y me dijo, con una eficiencia que no admitía preguntas:

“Tienes que darle pecho ahora. Así.”

No pude.

Llamé a la enfermera tres veces esa noche. Tres veces.

La tercera vez me regañó. Literalmente. Me dijo que ya me habían explicado, que por qué no podía hacerlo sola.

Amiga. Tenía horas de haber parido. Tenía a una persona diminuta en los brazos que dependía de mí completamente. Y me estaban regañando por no saber lactar a la perfección.

Guardé eso muy adentro. Y seguí intentando.

Llegamos a casa. Y yo creía que todo iba bien.

Los primeros días en casa fueron… confusos. Yo sentía que estaba lactando. Baby I. mamaba, yo la ponía al pecho, parecía funcionar.

Mi esposo no estaba tan seguro. Me decía que sentía que ella no estaba satisfecha. Que lloraba mucho. Que algo no cuadraba.

Yo le decía que sí, que estaba comiendo.

Lo que ninguno de los dos sabíamos es que había un problema que nadie — y lo repito porque me parece increíble — nadie me había mencionado:

Mi pezón no estaba salido como debía estar para un buen agarre.

Y yo no lo sabía porque nadie me dijo que eso era algo que tenía que revisar. Que existía. Que había que prepararlo. Que había técnicas para esto.

Llegué a ser mamá sin saber que los pezones pueden ser planos o invertidos y que eso afecta directamente cómo agarra el bebé.

A. Mí. Nadie. Me. Dijo. Eso.

El primer fin de semana con el médico

Fuimos a la cita del primer fin de semana. Rutina. Revisión de peso.

Baby I. había bajado más del porcentaje de peso que se considera aceptable después del nacimiento.

La médica fue clara: hay que complementar con fórmula.

Lloré. Esa tarde, esa noche, al día siguiente. Lloré esta vida y la otra.

No porque la fórmula sea mala — ahora lo sé, entonces no lo veía así. Sino porque sentí que había fallado. Que mi cuerpo había fallado. Que todo lo que yo creía que estaba haciendo bien… no era suficiente.

Las asesorías. La información. El caos.

Mi hermano y mi cuñada me regalaron una asesoría de lactancia. Un gesto hermoso que en ese momento procesé con el cerebro de alguien que no había dormido y que estaba al límite de todo.

Aprendí que existen como 700 posiciones de agarre (estoy exagerando, pero no tanto). Que hay pezoneras. Que hay extractores que ayudan a sacar el pezón. Que hay técnicas, rutinas, protocolos.

Salí de esa asesoría sobreinformada, más cansada y más perdida que antes.

Yo lloraba. Baby I. lloraba. Mi esposo nos miraba a las dos y no sabía qué hacer. Mi mamá, que estaba con nosotros, también lloraba.

Lloramos todos.

No es una metáfora. Es literalmente lo que pasó.

La doula que vino a casa

La segunda intervención fue nuestra doula. Vino a casa, me revisó, y encontró algo que nadie había mencionado: tenía un conducto levemente bloqueado.

Hizo una extracción. Me miró. Me recomendó cambiar de extractor — el que tenía no era el más adecuado para mi situación.

Le hice caso. Empecé a producir un poco más.

Pero yo seguía sintiendo que no era suficiente. Que la cantidad no alcanzaba. Que algo faltaba.

La clínica. El pesaje. La confirmación.

La tercera asesoría fue en la clínica, referida por nuestra family doctor.

Ahí me hicieron algo que cambió todo: un pesaje antes de comer y uno después. Para saber exactamente cuánto estaba tomando Baby I. en cada toma.

Y el resultado fue: sí estaba comiendo.

Todo ese tiempo. Toda esa duda. Todo ese llanto. Baby I. estaba recibiendo leche. No en las cantidades perfectas que yo imaginaba, pero estaba comiendo.

Además: mi pezón había salido. Con las pezoneras, con las extracciones, con el tiempo. Ya tenía el agarre que necesitábamos.

Empecé con las extracciones organizadas. Power pumping. Horarios. Constancia.

Un mes después

Baby I. subió de peso.

Hoy soy LME — lactancia materna exclusiva.

Todavía a veces me duelen los pezones. Me arden. Salen grietas. No es perfecto ni bonito todo el tiempo.

Pero lo logramos. Las dos.

Lo que necesito que leas antes de irte

Si estás en esto ahora mismo — en esa desesperación de las 3am, con grietas, con un bebé que llora y tú también, con la duda de si estás haciendo bien o mal — quiero decirte algo que ojalá alguien me hubiera dicho a mí:

La fórmula no es mala.

No arruina el vínculo. No convierte a tu bebé en una estadística. No te hace mala mamá. Es alimento. Es nutrición. Es opción válida.

Yo lo logré — y me alegra haberlo logrado — pero la presión que yo misma me puse fue brutal e innecesaria. En mi cabeza había instalada la idea de que tenía que lograrlo. Que si no, había fallado.

No. Eso no es verdad.

Tu salud mental es más importante que la lactancia. Piensa en ti primero. Una mamá que está bien cuida mejor a su bebé — con pecho o con fórmula, da igual.

Y si alguien te regaña por no saber hacerlo perfecto la primera noche después de parir:

Que se vaya a lactar él.


¿Tuviste una experiencia difícil con la lactancia? ¿O alguien que te hizo sentir mal por cómo alimentaste a tu bebé? Cuéntame. Esto solo se carga si lo cargamos juntas.

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